CASO CLINICO 1
Esther..80 años
Esther tenía 80 años cuando la trajeron a mi consulta. En esa época yo ejercía mi profesión en Rosario. La acompañaban su hijo y un sobrino, quienes la trajeron directamente desde el sanatorio psiquiátrico donde había estado internada durante dos meses.
Su hijo, que ocupaba un alto cargo en la Universidad, me informó que Esther venía padeciendo de un cuadro depresivo desde hacía aproximadamente un año. Había comenzado con un desgano general y una gradual lentificación de sus actividades habituales, como así también de su locuacidad, que a la sazón había sido su signo distintivo. Lo que era su ágil conversación se había ido apagando paulatinamente para encerrarse cada, vez más en un mutismo desalentador. Había llegado al punto de desatender sus necesidades alimenticias y hasta su cuidado personal. En varías oportunidades había insinuado que ya había vivido demasiado y que lo mejor que podría ocurrirle era morirse. Últimamente se pasaba todo el día en su cama cumpliendo una vida casi vegetativa.
Desde Santa Fe -ciudad en donde vivía junto con su hijo, su nuera y sus dos nietas- había sido traída a un prestigioso psiquiatra de Rosario, quién había optado por internarla bajo el diagnóstico de "melancolía involutiva", sometiéndola a una serie de electroshock. Este tratamiento fue un completo fracaso pues se había acrecentado el cuadro: Esther no quería alimentarse y su peso disminuía en forma alarmante.
Cuando la vi me fue imposible comunicarme con ella pues se mantenía encerrada en su mutismo: la actitud encorvada, la cabeza gacha, la mirada fija en el suelo y con una expresión de melancólica ausencia aprisionada en su ceño adusto.
No tardé en darme cuenta de que me hallaba frente a un cuadro complicado: a la depresión propia de] proceso patológico se había agregado la amnesia provocada por la electroshock terapia. Esther no podía comunicarse por esa suerte de combinación que se daba, en parte, por el negativismo (te quién no quiere vivir y, en parte, por el bombardeo eléctrico del que había sido víctima. También percibí su desconfianza dado que, seguramente, me estaba comparando con el colega anterior.
Elaboré una estrategia: pensé que lo único que podría modificar el cuadro sería operar con una técnica diametralmente opuesta al tratamiento anterior y contraindiqué la internación. Acordé con los familiares que ella se quedaría viviendo temporalmente en Rosario, en casa de sus sobrinos, y que ellos la traerían diariamente a mi consultorio para efectuar su tratamiento.
Esther comenzó a concurrir a sus sesiones de psicoterapia. Dificultosamente subía hasta el primer piso donde se hallaba m¡ consultorio. Entraba, se sentaba con la actitud encorvada, la cabeza gacha, la mirada fija en el suelo y su expresión de melancólica ausencia. Encerrada en si¡ mutismo, lo único que hacía era algún disimulado movimiento para cambiar su casi total inmovilidad.
Por mi parte, poco podía hacer más que mantener una actitud de benévola y complaciente espera. Muda ella, mudo yo. Cuando llegaba al final de] tiempo estipulado para cada sesión, la despedía hasta la siguiente.
Así fueron sucediéndose una tras otra las sesiones en la calma de ese callado silencio compartido. Y así habrían seguido sucediéndose de no haber mediado un providencial accidente.
Un buen día, en medio de aquel pesado silencio sonó estentóreamente el teléfono que me comunicaba con mi secretaria. Quedé sorprendido por aquella brusca e inesperada irrupción, ya que yo había recomendado muy especialmente que no se me interrumpiese durante mis sesiones, por ningún motivo. Pero había ocurrido un imprevisto.
En un primer momento no supe qué hacer. Pero me tranquilicé y opté por decirle a mi paciente:
-¿Me permite una interrupción? ¿Puedo atender el llamado?
Esther levantó su rostro, me clavó su mirada aguileña y con expresión de inusitada sorpresa me respondió:
- ¡Por supuesto, Doctor!
Parcamente evacué la llamada y volví a mí actitud. También ella volvió a la suya, pero la tensión comenzó a distenderse y tuve la sensación de que los dos estábamos más cómodos.
Cuando volvió al día siguiente, Esther estaba totalmente desconocida.
La actitud en flexión había dado lugar a un porte bien plantado: testigo actual de lo que en otra época había sido una figura esbelta. Entró con paso firme, se sentó con cierto donaire y su melancólica ausencia se tornó en viva presencia.
Con mirada escrutadora me estudió como si buscara en mí a otra persona. Tuve la impresión de que trataba duramente de disimular la intriga y la curiosidad que yo le despertaba. Después de un silencio comenzó diciendo:
-Ayer me impactó la gentileza de su gesto. ¿Necesitaba Ud. mi permiso para atender la llamada?. . . Yo no soy más que una paciente y todo paciente debe saber tolerar... Sin embargo le confieso que su gesto me hizo bien. . . me hizo sentir respetada. La gentileza de alguien importante me hace bien...
Luego continuó:
-Ud. sabe que mi hijo también es una persona importante... Ocupa un alto cargo en la Universidad. , . y está permanentemente ocupado. Desde que es tan importante ya no habla conmigo como lo hacía antes. Casi podría decir que ha cortado toda comunicación conmigo a pesar de que estamos viviendo en la misma casa. . . Pero no siempre fue tan importante. . . Cuando lo tenía en mis brazos era importante para mí... y yo lo era para él...
Entonces entró a hablarme ampliamente de cómo habían sido las relaciones entre ella y el hijo. Inmediatamente me di cuenta de que Es1her estaba repitiendo inconscientemente conmigo, las mismas características del vínculo = su hijo: de algún modo, yo estaba representando ---al hijo que le prestaba la atención que ella estaba necesitando desde hacía mucho tiempo".
Esther se había criado en el seno de una familia del interior que ocupaba una posición social destacada. Su padre había sabido imprimir al núcleo familiar los - caracteres propios de una moral victoriana. Ella fue su preferida, y la más mimada de las tres hermanas que constituían toda la prole.
Siendo muy joven encontró el hombre de su vida con quién llegó a conocer las vibraciones de un amor apasionado -siempre dentro del marco victoriano- Su esposo fue bastante mayor que ella y le traía fuertes reminiscencias de su padre por la similaridad de su forma de pensar. Este código de valores signó toda su existencia.
Aquel romance se cristalizó en dos hijos que fueron la alegría de esos primeros años del matrimonio; especialmente el varón que vino a constituir la viva imagen de su esposo -y por ende, de su padre-.
Pero esta felicidad estuvo limitada. La muerte prematura del marido tendió un negro nubarrón en su vida al traerle aparejada tina precoz viudez, cuando aún estaba en la plenitud de su juventud.
Por supuesto, aquel código de valores victorianos le imposibilitó toda peregrina idea acerca de una nueva relación amorosa. Sólo halló consuelo en la viva imagen que, de su esposo, encontró en su hijo. Y de algún modo éste lo vino a sustituir.
De aquí en más la vida no fue nada fácil para Esther. Tuvo que efectuar ingentes sacrificios para solventar el desequilibrio económico que sobrevino, para lo cual necesitó recurrir al concurso de sus hermanas. Estas, la ayudaron en la medida de sus también limitadas posibilidades. Los esfuerzos se concentraron en Charlie -el hijo- quién, a medida que creció comenzó a demostrar una inteligencia excepcional.
Por su parte, Charlie no defraudó en nada las esperanzas que se depositaron en él, pues se fue destacando brillantemente en sus estudios. Cuando llegó a los dieciocho años surgió la necesidad de encarar una carrera universitaria y esto demandó nuevos esfuerzos, tanto de Esther como de la constelación familiar.
Las sesiones que se sucedieron durante varios meses fueron una permanente demostración por parte de Esther de lo que su hijo significaba para ella y de los sacrificios que éste le había importado; incluso la renuncia de un nuevo amor.
Pero ella se sentía satisfecha de su labor al ver los progresos que Charlie realizaba año tras año y se conformaba con saberse importante para él. Eso la compensaba ampliamente de todos sus esfuerzos y de todas sus renuncias. La permanente solicitud de él la gratificaba. De algún modo los éxitos del hijo eran también sus propios éxitos.
Llegó el momento del casamiento de Charlie y, naturalmente, la presencia de su nuera -y luego, la de sus dos nietas- vinieron a interponerse entre madre e hijo. Surgieron sentimientos de celos y rivalidad que acusaron serios impactos en el ánimo de Esther. Pero pudo absorberlos bastante bien dado que acaecieron en momentos de su vida, todavía joven, en que sus resortes psíquicos contaban con una buena capacidad de amortiguación.
Pero el tiempo fue pasando, y los mismos años que abonaron la evolución del hijo, esos mismos años fueron marcando la involución de Esther. Cuando los 75 años la sorprendieron, el hijo ocupaba un lugar realmente importante en la comunidad. La profesión, la Universidad y la cátedra habían ido desalojando lenta y despiadadamente el lugar que Esther había ocupado antes. La herida que se había insinuado en ella hacia muchos años, ahora comenzaba a sangrar.
-Mi hijo se fue alejando cada vez más de mí. . . Ya casi ni hablamos. Es inútil que lo espere cuando vuelve a casa. . . Cada vez vuelve más tarde, y a veces no vuelve. . . ¡Así se fue terminando mi mejor medicina!
Entonces comprendí su mutismo inicial: era el mutismo que se había instalado entre ella y su hijo. También comprendí su mejoría: era su respuesta hacia alguien que volvía a atenderla, a escucharla, a hacerla sentir importante. Esther volvía a ser útil nuevamente. Ella, que tanto había contribuido a los éxitos de su hijo, colaboraba otra vez con un nuevo éxito: el de su propio tratamiento.
Esther evolucionó positivamente. La depresión fue cediendo paulatinamente y entonces apareció una personalidad notablemente rica. Me mostró su amor a la poesía, a las artes, a la música, al teatro, a la lectura. Simone de Beauvoir era su predilecta, le tocaba muy hondo el romance de ésta con Jean Paul Sartre Alfonsina Storni, Juana de Ibarborou y Gabriela Mistral fueron nombres que frecuentemente aparecieron en sus relatos como muestras de sus propias idealizaciones.
En la medida que el proceso terapeútico fue progresando, Esther pudo concurrir sola a mi consultorio. Así llegó el momento de regresar a su ciudad; entonces decidió viajar semanalmente desde Santa Fe para continuar su tratamiento. Y así lo hizo.
La mejoría se fue acentuando. Al integrarse nuevamente al medio familiar comenzó a participar activamente de los avatares de la misma. Entonces se interesó intensamente por sus dos nietas, quienes estaban cruzando los umbrales de la adolescencia. Así fue como, al internarse en las vicisitudes propias de dicha edad, tuvo que revisar su propio código de valores. Aquí fue estimulante ver cómo, identificándose con ellas, logró adquirir una visión actualizada -y una nueva comprensión- de la problemática sexual y de¡ amor en la nueva generación. Nuevamente encontraba que la vida le brindaba la posibilidad de ser útil. Y así se fue curando.
Un interrogante teórico se me planteó. ¿Qué pasaría con la transferencia amorosa en una paciente de 75 años? ¿Se daría en una forma sublimada?
Un día Esther me trajo la respuesta. Muy indirectamente me refirió que sus nietas habían comenzado a aprender música y guitarra. Ella estaba muy entusiasmada porque consideraba que era muy importante estimularlas dado que a esa edad era indipensable desarrollar una expresión de arte. Y muy cándidamente me completó que, para acompañarlas ¡ella se había dispuesto a aprender música! Pero... ¿qué instrumento?. . ¡¡Mandolina!!
(Inmediatamente asocié la itálica y romántica mandolina con mi itálico y musical apellido.)
Así, con esta alusión tan indirecta, Esther había encontrado una forma sublimada de resolver su afecto transferencial.
La paciente se recuperó totalmente. Le di el alta. Dejé de verla. Pasó el tiempo. Me trasladé a Buenos Aires. Esther me escribía periódicamente relatándome sobre su vida. En sus últimas cartas me hablaba de una dolencia en su corazón.
Cinco años después de aquel, nuestro primer encuentro, me escribió pidiéndome una consulta. La paciente que otrora era incapaz de ir sola a su tratamiento, recorrió una distancia de 500 kilómetros en avión para venir a verme, sola, sin ninguna ayuda, por sus propios medios. Estaba muy enferma: su corazón claudicaba. Necesitaba decirme que había cumplido su misión y que estaba satisfecha. Ahora podía morir tranquila. Los dos intuimos secretamente que era su "última sesión".
Había venido a despedirse...
Fue la última vez que la vi.
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CASO CLÍNICO 2
Magdalena y sus “transformes”
Conocí a Magdalena Hospital Psiquiátrico de Rosario, era una paciente de 72 años con la que llegué a tener una relación importante. Diariamente me esperaba afectuosa para mantener su dialogo conmigo. Para el personal de la sala era una paciente delirante. Pero es interesante recordar que en su conversación mostraba un pensamiento coherente. Estaba en permanente conocimiento de lo que ocurría en la sala. Sabía todo lo que ocurría a su alrededor. Buena conocedora de los problemas de los pacientes pero sobretodo de las enfermeras y del equipo médico. Presentaba clínicamente un delirio sistematizado crónico alucinatorio, según la clasificación de la psiquiatría francesa, -para la psiquiatría alemana de Kraeppelin, era una parafrenia-. Magdalena sufría crisis alucinatorias ópticas periódicas. Se le presentaban personajes a los que ella llamaba “transformes”: eran “los turcos que se le metían adentro del cuerpo por todos sus orificios naturales: boca, ano, vagina, y que una vez adentro la molestaban, la atacaban, le herían las vísceras provocándoles dolores generales.” Luego veremos quienes eran “los turcos”. Este delirio era como una isla en medio del resto de su pensamiento coherente. Fuera de sus crisis alucinatorias delirantes era una persona sana. Se podía hablar con ella de cualquier tema: era una persona “sana” salvo que la conversación tocara algún aspecto de su argumento delirante.
En su historia personal ocurrieron hechos muy significativos. Había quedado viuda a los treinta y ocho años. Su esposo era todo el sostén económico del hogar. La había dejado con una hija de ocho años y una casa de esas construcciones antiguas “tipo chorizo” especial para un conventillo, con varias habitaciones, un gran patio, una cocina y un servicio sanitario al fondo. También le había dejado unas cuantas deudas a pagar. Con este cuadro Magdalena se vio en la necesidad de encontrar soluciones para su propia existencia y para el mantenimiento de su hija. Entonces resolvió reducirse a una sola habitación para ella y su hija Isabel y alquilar las otras piezas.
Se presentó un matrimonio interesado en alquilar. Se dieron a conocer como de origen árabe - para Magdalena eran “los turcos” – y se instalaron en la habitación. A la semana siguiente, una mañana apareció un hijo que vino a convivir con los padres. Magdalena les protestó diciéndoles que esa tercera persona estaba fuera de lo contratado. No le respondieron y continuó la vida adelante. Unos días después apareció una cuarta persona viviendo en la habitación y así, a medida que pasaban los días fueron apareciendo nuevos habitantes de esa única habitación, pero que luego fueron invadiendo toda la casa.
Magdalena entró en una crisis muy profunda que desembocó en una internación psiquiátrica. Durante su ausencia su hija fue atendida por unos vecinos y los “turcos” se adueñaron de la casa. El cuadro mental tuvo una remisión pero no duró mucho tiempo. Cuando volvió de la internación, Magdalena no pudo solventar el choque emocional al ver lo que ocurría con su casa, que constituía su único sostén económico. Las crisis se fueron repitiendo y volvió a ser internada, pero esta vez junto con su hija, que estaba entrando en la adolescencia.
La internación fue una gestión que constituyó todo un proceso. Magdalena vivía en la ciudad de Santa Fe. Originariamente había sido internada en el Hospital Psiquiátrico de Santa Fe. Este fue en su momento un establecimiento modelo, concebido y dirigido por el eminente psiquiatra español Emilio Mira y López que había sido uno de los tantos refugiados en la Argentina que escaparon de los disturbios políticos de España. El difunto padre de Isabel, era un catalán que había venido como tantos inmigrantes europeos de comienzos del siglo XX, escapando de la Primera Guerra Mundial de 1914 y con el entusiasmo de “hacer la América” en este país que en ese momento histórico estaba ubicado entre los primeros del mundo por su prosperidad y que prometía prosperidad.
Se dio la circunstancia de que el profesor de la cátedra de Psiquiatría de la facultad de medicina y director del Hospital Psiquiátrico de Rosario, era también catalán y también inmigrante con las mismas inquietudes e intereses que el marido de Magdalena. Los catalanes que he conocido -me han llamado significativamente la atención - todos tienen un profundo sentimiento de comunidad y solidaridad fraternal entre ellos que es envidiable. Hubo un gestor, también catalán que hizo el trámite y logró la internación de la pareja “Magdalena e hija” en el psiquiátrico rosarino. Internación que sería de por vida de ambas. Digo “pareja” para referirme a ambas porque Isabel evolucionó hacia un cuadro esquizofrénico y entre las dos entretejieron un delirio compartido cuyo tema era el “ser ambas invadidas corporalmente por los turcos”. La madre había contagiado su delirio a la hija. El contenido mental de esta patología eran alucinaciones ópticas en las que veían a “los turcos que se transformaban empequeñeciendo paulatinamente hasta llegar a ser enanitos de un tamaño que podían penetrar a través de cualquiera de los orificios naturales del cuerpo y así se les metían adentro para hacerlas sufrir”. Estos eran los “transformes”. Recuerdo que en ocasiones de efectuar mis recorridas nocturnas por la sala 3, encontraba a Magdalena en plena crisis alucinatoria, con una zapatilla en la mano castigándose en su cuerpo. Solía decirme: - “Dr., los turcos se meten en mi cuerpo…me castigan… no me dejan en paz… déme algo para dormir”
Este cuadro combinado de madre e hija, constituyó un mojón en mi formación psiquiátrica. Me marcó profundamente porque fue la primera “folie à deux”
[1] que observé y pude estudiar. Digo que me marcó porque constituyó el núcleo del concepto de simbiosis en patología que luego jugaría un papel importante en mis teorizaciones sobre la génesis, el desarrollo y la evolución del padecimiento mental.
Cuantas veces en mis recorridas nocturnas, la encontraba excitada golpeándose a sí misma con una zapatilla. Al verme me decía: “Estoy castigando a los transformes, a los turcos que se me meten dentro del cuerpo y me fastidian, me rompen adentro… no me dejan dormir…” “Déme algo para dormir…” En aquella época aún nos conocían los psicofármacos, recién se estaba experimentando con la cloropromacina. Lo que le podía administrar era el famoso “cloral”, o sea el hidrato de cloral que se disolvía en agua de azar que con el agregado de un edulcorante se lograba una bebida agradable que se suministraba por cucharadas y era muy reclamada por los enfermos ansiosos porque los tranquilizaba eficazmente. Era una medicación heroica. Las enfermeras nocturnas con el “ojo clínico” adiestrado, habían aprendido a usarla. Se lograba una buena sedación de los enfermos excitados y los médicos de guardia podíamos descansar con nuestro agradecimiento al cloral. Hoy podemos descansar mucho más dado el desarrollo alcanzado por los psicofármacos. Magdalena me enseñó de este modo, a tratar pacientes de edad avanzada a lograr un sueño reparador. ¡Cuántas otras cosas aprendí de Magdalena! El remate vino con el hecho de que cuando tuve que rendir el examen de psiquiatría, la enferma que me tocó por azar para exponer su estudio clínico fue casualmente Magdalena. La calificación que obtuve en dicha prueba fue sobresaliente.
[1] Cuya traducción literal es “locura de a dos”.
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CASO CLINICO 3
Carolina con sus 130 kilos
Corrían mis primeros años de médico. Era psiquiatra del servicio de psiquiatría del Hospital Italiano de Rosario. Por una recomendación del director del hospital, se había solicitado la atención urgente para una enferma en un barrio de sur de Rosario. La paciente no podía ser movilizada: pesaba 140 kilos. Cuando llego me encuentro con Carolina rodeada de sus familiares: su esposo, una hermana y varias vecinas que “estaban allí para ayudar”: una forma muy común de disimular la curiosidad.
La enferma presentaba un cuadro de confusión mental. No sabía como se llamaba; desconocía el día, la hora y el lugar en donde estaba. Lo que más provocaba angustia en ese conjunto humano es que desconocía a todos que eran personas de muchos años de vecindad y especialmente no conocía a su esposo. Clínicamente constituía un cuadro de confusión mental con un delirio onírico. La presentación fenoménica es que en lo que la paciente expresa, muestra que el contenido del pensamiento es onírico: confunde elementos del exterior con los de su mundo interno.
La paciente había sufrido un accidente. La casa que era su vivienda puede ser descripta así: entrando había un pequeño jardín continuado por dos dormitorios, un comedor-cocina y un baño cuyas puertas se abrían a una galería que las flanqueaba. Detrás de todo este conjunto había un fondo de tierra con algunos árboles frutales y una parrilla. En ella vivía el matrimonio solo. Ocasionalmente venía una hermana de ella a pasar unos días alojándose en el segundo dormitorio. La casa había sido comprada no hacía mucho tiempo, por lo tanto el matrimonio tenía un conocimiento preciso de su construcción. La galería fue lo que vino a desencadenar la patología de Carolina, porque ella desconocía que debajo de dicha galería estaba el “pozo negro” –o “pozo ciego”- de varios metros de profundidad que recoge la orina y las materias fecales que vienen del retrete por una tubería.
Ocurrió que esa tarde, en horas de la siesta, después de una fuerte discusión con su marido, Carolina al caminar por la galería –con sus 130 kilos- hizo que el piso cediera justamente a la altura del pozo ciego y ella cayera dentro del mismo.
Por el relato de los vecinos supe que todo fue un verdadero drama: por el peso de Carolina en ese escenario metida dentro del pozo rodeada de fecales. Para poderla sacar tuvieron que llamar a vecinos que con gran esfuerzo y atándola con sogas, pudieron lograrlo. Carolina fue lavada, bañada, perfumada y puesta en su cama. Momentos después presenta crisis de gran excitación, angustia, llanto y comienza a desconocer al lugar y las personas que la acompañan. ¿Dónde estoy? ¿Quiénes son ustedes? El acmé de la situación aparece cuando Carolina, dirigiéndose a su marido le pregunta: ¿Quién es usted? Aquí, en este momento, con este desconocimiento del esposo, es cuando surge la urgencia en la necesidad de asistencia médica.
La examiné y le suministré medicación sedante en dosis suficiente como para que dormía profundamente. Él dormir cumple una función reparadora muy importante. En terapéutica aprendemos que la primera medida exponer al paciente en reposo. La psiquiatría rusa que se inspira en una psicología basada en la teoría de los reflejos condicionados de Pavlov, propone la técnica del sueño prolongado que se desarrolló en forma muy importante dentro de la psiquiatría.
Cuando la volví a ver al día siguiente, Carolina estaba más tranquila pero mantenía su cuadro de confusión por lo que me dispuse a abordar el tratamiento con una nueva técnica, una nueva forma de terapia: el Narcoanálisis. Esta técnica estaba inspirada en la aplicación de la hipnosis.
Presunción diagnóstica
Mi pensamiento psiquiátrico –en ese momento de mi desarrollo profesional- estaba muy interesado en el psicoanálisis. Sentía una gran atracción por los trabajos de Sigmund Freud sobre la importancia que ejercen los niveles inconscientes del psiquismo sobre la patología mental. En aquella época –corrían los años 50- algunas películas basaban el núcleo del argumento en problemas psicopatológicos. A. Hitchcock había filmado “Cuéntame tu vida” protagonizada por Ingrid Bergman y Gregory Peck, que presentaba un argumento o basado en la influencia de lo inconsciente que se expresaba en un olvido tipo “laguna mental” que escondía una problemática situación policial.
Apoyado en el esquema teórico del psicoanálisis y con el antecedente del accidente sufrido por Carolina, decidí efectuarle unas sesiones de narcoanálisis para investigar el efecto traumático de la caída en el pozo ciego.
En las primeras sesiones de narcoanálisis me dediqué a investigar todo lo del trauma. En efecto, Carolina revivió todo el accidente paso a paso desde el momento en el que el piso cedía al peso de su cuerpo, la caída, cómo se hundía entre las heces, el olor nauseabundo. Luego el salvataje, como la habían atado con cuerdas, la tracción que fue dolorosa y por último cuando la bañaron, la vistieron. la perfumaron y la acostaron. Todas estas escenas fueron revividas con gran intensidad emocional y llanto. Se cumplía así lo que Freud y Bleuler postulan en su estudio sobre la histeria: la verbalización de la situación traumática que es acompañada simultáneamente con la descarga emocional alivia el cuadro y el síntoma. Cuando Carolina despertaba de la narcosis adquiría una notable lucidez mental que llamaba la atención y me provocaba entusiasmo.
La impresión que yo iba adquiriendo a medida que transcurrí el tratamiento, era como si el trauma funcionaba como un tapón obturando la comunicación entre dos niveles psíquicos: el consciente y el inconsciente, y que esta obstrucción provocaba la confusión de elementos psíquicos internos y objetos del mundo exterior provocando la confusión mental: la paciente no podía discriminar y diferenciar lo que era un recuerdo de lo que era una vivencia actual. La descarga emocional provocada por el narcoanálisis que conocemos con el nombre de catarsis, había permitido una mejor comunicación y conexión entre lo recordado y lo vivido y determinaba el restablecimiento del funcionamiento psíquico.
Un segundo momento interesante e importante en el curso de la terapia ocurrió en las sesiones siguientes, cuando el análisis abordó la cuestión (o síntoma) del desconocimiento del esposo apareció en Carolina una nueva crisis de excitación. En el análisis Carolina recordó la presencia de su hermana con llanto y rabia. En las sesiones siguientes, la paciente fue reconociendo que estaba fuertemente celosa: sospechaba de su marido y de su hermana. Esto explicaba el síntoma: quería desconocer la calidad de “esposo” en esa persona que convivía con ella. Cuando ella pregunta en plena crisis: “¿Ud. quién es?”, inconscientemente es equivalente a: “¿Ud. qué es? ¿Mi marido o el amante de mi hermana?”
El tratamiento posterior permitió esclarecer el malentendido y después de elaborarlo largamente, Carolina logró su propio restablecimiento.
Aproximación a la comprensión de la problemática de Carolina
1) Teoría del trauma. El accidente de la caída al pozo produce un recuerdo traumático cuya representación mental funciona como un tapón que obstruye la comunicación entre lo consciente (que son las vivencias actuales) y lo inconsciente (constituido por las vivencias pasadas o pretéritas).
2) Teoría del conflicto. Los celos de Carolina referidos a la su puestas relaciones entre su marido y su hermana, ex plica su deseo infantil de desconocer a su marido y tomarlo como un extraño. El término “extraño” está relacionado con el extrañamiento, la enajenación y la alienación. Esto relaciona el cuadro de Carolina con la patología de la alienación.
Freud en su historial clínico sobre Miss Lucy R. refiere que había practicado la hipnosis como una técnica para poder implementar el método catártico y se encontró con la dificultad que ofrecían algunos pacientes: no podían llegar al nivel de depresión de la conciencia que era necesario para producir la catarsis necesitada. Era importante lograr su nivel de influencia hipnótica ligera. Freud refiere que se había cansado que ante su mandato de: «Va usted a dormir. Duerma usted», contestaba el sujeto: «No me duermo, doctor». Freud había modificado esta técnica haciendo recostar al paciente en un diván para lograr la misma posición utilizada en la hipnosis e implementando la técnica de la presión que lograba colocando su humano en la frente del paciente.
En mi propia experiencia, había encontrado con este método una gran dificultad, por lo tanto había implementado esta nueva técnica. El Narcoanálisis permite lograr la necesaria obnubilación de la conciencia para lograr un efecto igual al que se produce con la hipnosis.
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